Un verano en Nueva York

Central Park, dicen las malas lenguas, es el segundo parque urbano más grande de este vasto planeta —sin planearlo y por cosas del destino, en este viaje también conocería el primero—. «¿Será eso cierto?», pensé mientras cruzaba la calle y decidía ir a explorar una pequeña parte, antes de dirigirme a mi meta del día. Al ingresar, encontré un letrero que decía «Great Hill», continué por el camino que lo rodeaba; a mano derecha, un sendero serpenteante me sedujo, sus rústicas escaleras de piedra fueron la invitación a un mundo misterioso. El ambiente emanaba aroma a «no te salgas de la ruta», sin embargo, me dejé llevar e ingresé a la estrecha alameda cuyas ramas podía sentir que me querían atrapar.

Miré hacia atrás y estaba completamente sola, solo escuchaba los graznidos de las aves. Saqué el mapa de la mochila tratando de localizar dónde estaba, pero fue en vano, así que seguí adelante; aquellos rayos de sol que iluminaban la mañana desaparecieron entre los árboles y solo lograba ver las grandes copas verdes. Empecé a caminar meticulosamente mientras mi cabeza giraba para ambos lados en señal de alerta.

Estaba perdiendo la esperanza. «Jadranka, extraviada para siempre en Central Park», pensé por un instante. De pronto, delicados destellos de luz volvieron a aparecer entre la espesa arboleda, sus ramas se iban alejando del sendero y algo brillante que venía desde la tierra iluminaba el entorno, se trataba de una gran fuente de agua, como un estanque; sentí paz, la gente empezó a aparecer como por arte de magia. Escuché agua correr, «debe ser una cascada», me dije mientras seguía avanzando por una escalera de piedras. Una vez abajo, al frente de la senda, un inmenso arco con adoquines perfectamente encajados, como un túnel del tiempo, tan antiguo y elegante que me dieron ganas de atravesarlo, pero me quedé fijamente observándolo.

Escuchaba pasos que venían de atrás, giré un poco el dorso para ver quién era, pero no vi a ninguna persona cerca; una corriente helada de aire corrió por mi cuerpo, algo ilógico en los días de verano. Los pasos se acercaban cada vez más hacia donde yo estaba, me paralicé. El ambiente se tornó aciago, oscuro; desde el otro lado del túnel emanaba un almizcle a lirios, árboles y estanque.

De improviso, se detuvieron los pasos y…

—¡AHHH! —un fuerte grito salió de mi cuerpo luego de sentir una mano que tocaba mi hombro. Al voltear, vi una pareja de simpáticos ancianos, angloamericanos, de estatura media, muy bien vestidos y ojos que guardaban leyendas.

—Disculpe, señorita, no fue mi intención asustarla, solo quería preguntarle si nos puede sacar una fotografía, con aquel arco del fondo, es que usted es la única que está aquí.

Estaba temblando, pero accedí a tomarles la fotografía.

—¡Cla-a-ro! —mi voz estaba entrecortada—. Ubíquense en este lado —les señalaba un punto con el mejor ángulo, ellos obedecieron mi indicación—. Muy bien, por cierto, ¿qué lugar es este?

—Linda, estamos en el arco Glen Span; es hermoso, ¿verdad?

Sonreí en señal de confirmación de su apreciación, y con cámara en mano, me alisté para retratarlos.

—Aquí vamos, 1, 2, y 3, ¡whisky!

Ellos sonrieron y el clic de la máquina sonó indicando que ya estaba lista la imagen, apagué la cámara y se la alcancé al señor. Ya se disponían a continuar su camino en dirección al arco cuando el simpático anciano me hizo una advertencia:

—No deberías estar solita en un lugar como este, estos árboles guardan una historia de hechos violentos ocurridos hace 23 años muy cerca de aquí. —Me guiñó el ojo, se volteó y mientras se alejaba, con su mano izquierda, alzada, hizo una señal de despedida.

Me giré para tomar el camino y buscar una salida, pero quería preguntarles más sobre los hechos, al voltear ya no estaban. «¡Es imposible!, ¿cómo pueden caminar tan rápido?, ¡tienen más de 80 años!», empalidecí. Cerca escuchaba carcajadas de infantes que provenían del túnel; en un instante, un grupo de madres con sus hijos cruzaron el arco, aproveché para preguntarles:

—Disculpe, ¿de casualidad acaban de ver una pareja de ancianos que se fue por allí? —les señalé el camino por donde ellos venían. Al unísono respondieron un rotundo no. Con mi cara pálida, les di las gracias y me uní a ellos para regresar a la multitud, no quería pasar un minuto más en ese lugar.

Salí del parque hacia el lado de Central Park West, crucé la calle y bajé unas escalinatas que me llevaron a la estación del metro —mi primera experiencia con otro de los casuales escenarios neoyorquinas: el subway—. No sé ni cómo ingresé al coche sin perderme, solo sé que pocas estaciones después, descendí en la 81st, lugar donde el agente J —Men in Black II—, desneuraliza a los pasajeros que vivieron un encuentro cercano con un alienígena y les indica que la ciudad les agradece la participación en el simulacro antiterrorismo. Bueno, ese día mi cerebro no fue borrado para olvidar algún evento. ¿O será que sí pasó y no lo recuerdo?

Una vez afuera de la estación fui en dirección sur. Por la misma acera en la que yo estaba, se acercaba un hombre de unos casi 1,80 de estatura, cuerpo ectomorfo, perfectamente marcado y piel blanca pero no deslumbrante. Cuando estuvo frente a mí nuestras miradas se quedaron congeladas, penetrando mi memoria con sus impactantes ojos azules, sumergiéndome en un mar de pensamientos hermosos. Él esbozó una sonrisa entre pícara y angelical que iluminó mi rostro, su cabellera se movió al ritmo de la brisa y destellos dorados salieron de ella, olía a perfume creado por los dioses. ¡Qué hombre tan precioso!

Pasó tan cerca que podría asegurar me rozó el hombro. «Un momento, yo lo he visto… ¿Acaso es… ¡Owen Wilson!?». Quería volverme a alcanzarlo, pero no estaba segura. «¿Qué hago? —pensaba mientras seguía mi ruta—, ¿me regreso o dejo pasar esto?». La indecisión ganó la batalla y continué, desamparando el acontecimiento a la imaginación, «¡tonta, tonta, tonta!». Tal vez mi mente me jugó una clase de pareidolia cinéfila, todo gracias al destino que tenía en mente.

Volví en sí, y después de avanzar unos metros llegué al Museo de Historia Natural. Mi rostro parecía el emoticón que tiene corazones en los ojos, así como quien ve al amor de su vida. Alcé la mirada y vi la estatua ecuestre de Theodore Roosevelt, acompañado además por dos personas a cada lado. «¿Quiénes son ellos?», me preguntaba mientras veía la fachada y en la parte superior de la misma, leí: «TRUTH, KNOWLEDGE, VISION», lo que traduce «Verdad, Conocimiento, Visión», ¡qué grandes palabras!

Subí los casi treinta peldaños y en la cima de ellos un trío de puertas giratorias me exhortó a pasar, solo que no sabía cuál escoger, así que me fui por la de la derecha. Al ingresar, dos gigantes columnas color naranja, semejantes al mármol, adornaban la entrada, avancé unos pasos más para dirigirme a la taquilla, cuando, ¡oh sorpresa!, conocí al travieso Rex —Night at the Museum—, ¡qué impresionante! Mis ojos vieron por primera vez los huesos reales de un extinto tiranosaurio. «¡Guau!, quiero que se despierte y podamos jugar».

Compré mi boleto y, una vez adentro, como chiquilla curiosa, fui en busca de cada uno de los personajes de la película. No sabía ni por dónde empezar, así que seguí la indicación del funcionario: «el recorrido empieza por la derecha». Entonces, ingresé a la exposición del planeta Tierra, aprendí sobre la historia de la creación y visité la sala de los mamíferos norteamericanos donde conocí a Manny —Ice Age—, el famoso personaje inspirado en el gigante paquidermo que dejó de existir hace millones de años.

En el segundo piso recorrí la sala Akeley, allí encontré al travieso Dexter, aquel mono capuchino encargado de hacerle la vida a cuadritos a Larry. La siguiente planta contenía una serie de salones dedicados a las culturas americanas, pero tristemente, no estaban ni Sacajawea, Octavio o Jedediah, aunque me divertí viendo al gran Tontón. Mientras recorría el piso, al igual que Annie Braddock —The Nanny Diaries—, observé y analicé cómo la antropología va formando el comportamiento y costumbres del hombre, hasta llevarlo a lo que conocemos en la actualidad. Seguí…

Cuando estuve en el cuarto nivel, mis ojos se congelaron al ver la representación fosilizada de los dinosaurios. «¡Pero qué increíble!, ¿de verdad todos estos animales vivieron hace millones de años antes que yo?», no lograba procesar tanta información contenida en un solo lugar. Quería conservar un gran recuerdo de mi visita, así que con amabilidad busqué a un asistente que pudiera sacarme una foto:

—Disculpe, señor —me dirigí a un visitante que se encontraba en la sala—, ¿podría tomarme una foto, por favor?

—¡Por supuesto!, ¿con cuál la quieres?

—No sé, son tantos que aún no me decido por el modelo.

—¿Y qué tal este? —me señaló un triceratops.

—Mmm, pero hay mucha gente haciendo fila para sacarse una foto allí, ¿qué tal ese solitario? —le señalé un velociraptor.

—Perfecto, posa para la cámara.

Una luz roja iluminó mi rostro, el señor realizó el famoso conteo: «uno, dos tres, ¡whisky!», se escuchó el clic y en milésimas de segundo el momento se inmortalizó en una imagen fija.

—¡Muchas gracias!

Me despedí del caballero, quien me entregó la cámara, y salí de la sala hacia las escaleras para descender nuevamente al recibidor del museo. Contemplé a Rex por última vez, «vamos, despierta travieso», sentí felicidad y nostalgia, apenas llevaba unas cuantas horas en la Gran manzana y ya había cumplido con el primer asunto de la lista. Recordé sacarla, pues la cargaba en la mochilita, la desdoblé y taché ese punto.

30 imperdibles en mi aventura veranera.

  1. Encontrar a Rex, Dexter, Theo, Sacajawea y cada uno de los personajes de Night at the Museum, en mi visita al Museo de Historia Natural.

«Hecho. Ya tan solo faltan 29 de los 30, ¡ja, ja, ja!».

La relatividad del tiempo estuvo presente, solo recuerdo haber agotado la batería de mi cámara; fue el mejor gasto hecho desde que pisé suelo americano.

Extasiada de tanta historia, y para conocer un poco más, decidí explorar el vecindario donde se encontraba el hostal. Letreros en español en los diferentes edificios me recordaban que ese era un territorio latino. Cuando cayó la noche, a cuatro calles en dirección este del hospedaje, fui a una taberna tipo irlandés, me senté en la barra, lugar ideal para ubicarte cuando vas solo y quieres colectivizar; pedí una cerveza sin alcohol y entablé conversación con el camarero.

Las voces de los asistentes se entremezclaban con las canciones anglosajonas tipo rock que salían de los altavoces; ya casi era media noche, tiempo límite asignado a mi experiencia tabernera, la señal fue la canción Police on my back de The Clash que aparece en el fondo de la última escena de Man on a Ledge; pagué la cuenta, di las gracias al guapísimo bartender y salí rumbo a mi aposento. Una agradable caminata de cinco minutos me sirvió para bajar un poco todo el líquido contenido en mi organismo, también disfruté de la ciudad noctámbula. Por fortuna, el bar estaba cerca del hostal, pues no quería arriesgarme a tomar un taxi y encontrarme con Marcus Andrews —The Bone Collector—, convirtiéndome en su próxima víctima.

(Fragmento de mi libro EE.UU., ¡De película! Parte I)

“Cineclub” y la educación de mi padre.

Para WARCO,

“No hay escuela igual que un hogar decente y no hay maestro igual a un padre virtuoso” (Mahatma Gandhi)

Pandemia COVID-19, exactamente en el mes de agosto del 2020, era el “mesario” del lanzamiento de mi primer libro publicado “EE.UU. de película” Parte I. Mi padre, un hombre jubilado del magisterio, sacó de su gaveta algo que lucía negro y cuadrado, estiró el brazo y me lo entregó «creo que esto lo vas a entender mejor que yo»; abrí mis ojos en señal de asombro pues no sabía lo que me estaba concediendo, así que lo tomé con ambas manos y leí lo que decía la parte frontal: «Cineclub»; fruncí el ceño.

—Y esto, ¿qué es?

—Algo que compré unos años atrás, pero que jamás entendí y que tenía allí guardado «porque en cualquier momento le podría servir a alguien»— esa patentada frase de los padres, excusa para guardar cosas.

Aún no entendía lo que pasaba, hasta que, en lugar de mirar, decidí observar con detenimiento cada detalle de lo entregado.

«David Gilmour; CINECLUB», al título lo acompañaba un gigante rectángulo blanco y el bosquejo de dos personas de espaldas, sentadas en lo que podría ser un sofá «¡Ah carajo!, ahora lo entiendo: eso simula una pantalla grande!», casi me quiebro la testa tratando de entenderlo.

Mas abajito «UN PADRE, SU HIJO Y UNA EDUCACIÓN NADA CONVENCIONAL», «¿qué pretenderá papá? ¿A mis casi 40 años le faltó algo por enseñarme?» mi mente rápida y desesperada seguía sin comprenderlo.

Mi padre es de esos hombres cuasi-setenteros, ferviente lector sin importar el género; su híbrida biblioteca contenía desde recetarios internacionales, pasando por libros sobre la psiquis humana hasta llegar a una colección de galardonados literatos universales, entre esos, estaba este libro.

Por los alrededores, sus hojas con pecas color café definían antigüedad, lo que produjo una agradable sensación gracias a mi bibliosmia, por inercia, lo hojeé rápidamente, así el olor salía como brisa fresca en las mañanas, no me importaron cuántos ácaros se impregnaron en mis vellos nasales, fui feliz.

La solapa anterior describe al autor mientras la posterior presenta una “sinopsis” del contenido; abrí la dedicatoria, o como actualmente le llaman: el “wink”: «Para Patrick Crean, motivo de indagación», me dije mientras continuaba a la siguiente página, la que exponía una frase de Michel de Montaigne «¿y ese quién es?».

Empecé a leerlo, interpretarlo, comprenderlo entre cada punto y coma que el autor relató y entonces percibí lo que mi papá quería decirme: mi cinefilia sin límites estaba casi contenida en las 300 páginas de este manual de instrucciones muy bien definido para adolescentes ―aunque insisto, ya casi llego a los 40. En términos generales, esta obra muestra cómo un padre desesperado por ver a su hijo adolescente que casi ha perdido el sentido a la vida, decide educarlo desde casa con una única condición: ver tres películas por día con un introito muy de director de cine y un final con reflexión tipo Freud.

Mi papá ama las películas, pero agradezco a mi madre que por los años noventa decidió crecer profesionalmente, dejándome bajo el cuidado de un instructor que, según el individuo, puede ser bueno o malo: el televisor; con tan solo 12 años y la mente fresquita para absorber cuanta información se me atravesara, empecé a ver clásicos de la pantalla grande, todos hollywoodenses, algunas veces mi padre contribuía llevándome al cine y no precisamente para ver los clásicos de Disney, no, no, no, más bien era disfrutar de toda la función bélica y sanguinaria interpretada por grandes como Bruce Willis, Al Paccino, Robert De Niro, Denzel Washington, Silvester Stalone, entre otros; otras veces las alquilaba para verlas en casa y esas sí que fomentaban mi gusto por el suspenso y el terror.

Al crecer, la cinefilia se fue refinando con el paso de los años, gracias a la lectura de la revista “Gaceta” ―un magazín dominical regional―, que anunciaba el arte hecho cine de clásicos de la literatura universal o de grandes guionistas y directores como Woody Allen, y entonces, ya con la mente más abierta y las ganas de devorar el mundo, vi tanta cinta cinematográfica como me fue posible, unas muy de premio Oscar, otras tan absurdas que me hicieron decir «¡Devuélvanme el dinero!».

Pero mi eureka fue este libro que papá me dio; he allí que todo lo vislumbré mucho mejor de lo que pensaba, que yo también me eduqué a través de la pantalla grande con clásicos como Scarface, The Shining, The Stepfather, The Godfather, Psycho, The Exorcist, y aunque suenan a títulos de terror y acción, cada uno me dejó enseñanzas sobre la psicología del ser humano y hasta dónde es capaz de llegar impulsado por un sentimiento de venganza, fobia, sobrevivencia, orgullo, poder o creencia.

Entendí que mi padre, al igual que David Gilmour, quería recordarme que esas películas que hemos visto juntos durante 32 años de vida —pues no puedo contar los que no recuerdo—, fue el refuerzo de la educación que ellos me dieron y que me ayudaron a comprender el mundo aun sin haberlo viajado.

Por eso, quiero darte las gracias a mi papá, por ser ese maestro de vida y ese apoyo constante en mis ideas y proyectos, aunque también sé las canas verdes que le he sacado, siempre será con quien comparta mis anhelos y mis temores, con quien disfrutaré cada película que veamos, ya sea en el cinema o en casa, a través de plataformas o en internet, siempre compartiremos esa cinefilia y es lindo que sea con él, mi progenitor.

Te amo por siempre, WARCO.

P.S.: No supe quién es Patrick Crean, solo sé que se trata de una edición, pero sí averigüé quién fue Michel de Montaigne, y claro, su frase tiene sentido, más si viene de un filósofo como él.

Mi primer anécdota de viaje

Cartagena de Indias, verano del 90′, este histórico y emblemático patrimonio de la UNESCO colombiano, fue el destino de unas vacaciones familiares en la que estaba acompañada de mis padres y mi hermana. De esta excursión quedaron marcadas dos fuertes experiencias en mi vida.

Empecemos…

Una soleada mañana en la Heroica, nos encontrábamos recorriendo uno de los íconos de la ciudad: San Felipe de Barajas, fortificación construida en el siglo XVII para defender la localidad de las invasiones de otros colonizadores europeos; además de las grandes paredes de piedra caliza perfectamente encajadas, mi memoria recuerda que ese día caminaba de la mano de mi padre, en un momento ingresamos a un oscuro pasillo que cada tanto mostraba claros de luz. El guía relataba la historia del lugar, yo, al ser una infanta de 7 años, solo tenía curiosidad ―tradúzcase “ganas de travesuras” ― por ver más allá.

Para aquellos que aún no visitan la ciudad o no conocen el castillo, les cuento que su construcción está hecha para que los invasores no pudieran ingresar, pero, en caso de hacerlo, tenían formas ―para nada diplomáticas― de sacarlos de allí; el pasillo se achicaba un poco más con cada avance que hacíamos, de tal forma que los adultos debían agacharse. En un santiamén esbocé el grito más seco que pude emitir, pues me resbalé por una de las trampas laterales del edificio. Tan rápida fue la reacción de mi padre que solo milésimas de segundos pasaron para que cayera totalmente hacia lo que una vez tenía las aguas del mar Caribe. Cuando me sacaron de la escotilla, el llanto fue incontrolable, el regaño de mis padres por su preocupación no se hizo esperar y la cara de asombro del guía es imborrable de mi mente. Afortunadamente solo fueron leves rasguños y el recuerdo eterno.

Y aquí viene la de alquilar balcón, preparar las palomitas con buen refresco y sentarse cómodamente:

Ahora viene la de «alquilar balcón»: último día de las vacaciones más hermosas en familia que he vivido; cansados de tanta historia, playa, brisa y mar, nos fuimos para el aeropuerto internacional Rafael Núñez a esperar nuestro vuelo de regreso. Antes de relatar los hechos trágicos, quiero dejar constancia que, aunque amo mucho a mi familia, siempre andamos corriendo porque se nos hace tarde.

Con ese proemio, van a entender lo que sigue: ese fatídico día corrimos para alcanzar el vuelo; en el mostrador de la aerolínea, la encargada nos informó que lamentablemente ya habían cerrado, mis padres rogaron tanto que la conmovida operaria tomó el radio para comunicarse con el capitán; finalmente accedió a dejarnos entrar ―fatal error―. Guiados por personal de la aerolínea, nos llevaron hasta cierto punto para poder hacer el ascenso en pista al avión, nosotros debíamos correr hasta las escaleras que habían dispuesto, ¡Préndanse de la silla!

En la puerta del avión nos esperaban dos azafatas y el capitán; a los gritos, por el estruendo de los motores encendidos, una de las auxiliares de vuelo le indicaba a mi papá: «Señor, cuando le avisemos, corran lo más pronto posible, agachen la cabeza y agarre fuerte a su familia»; la señal fue dada y arrancó mi papá con mi hermana. De repente, y en retrospectiva, recuerdo el rostro de terror de mi hermana, pues se había soltado de papá y salió por otro lado de la pista, muy cerca de los gigantes motores, ella tan solo gritó «¡Papá, ayúdame!¡me voy a las turbinas!». Con la poca fuerza que tenía en ese entonces, logró mantenerse en pie mientras nuestro heroico padre fue a rescatarla, correr con ella hasta la escalera para ascender al avión y esperarnos a mamá y a mí para ingresar.

«¡Ahora siguen ustedes!», dijo el piloto; mamá y yo estábamos cerca de una palmera esperando nuestra oportunidad. Ahora que lo pienso, no estábamos tan lejos del avión, pero tal vez en ese entonces vi el camino infinito. Ella me agarró fuerte la mano y cuando me disponía a desprenderme del único refugio que nos protegía, pasó lo inevitable: se escuchó el sonido de unos huesos chocando fuertemente contra el concreto y mi mente quedó en blanco.

Horas después recordé haberme elevado al cielo ―literalmente volé, solo que no me dijeron cómo aterrizar ― y como dice el refrán “subí como palmera y bajé como coco” ―les doy permiso a reír, ahora lo hago, incluso escribiendo esto lo hice, pero ese día, solo escuché muchas voces gritando desesperadas.

El avión finalmente apagó turbinas, mi papá, el piloto y las auxiliares de vuelo bajaron como pudieron las escalerillas y corrieron hacia nosotras; llegaron los bomberos y la ambulancia del aeropuerto, a lo lejos escuchaba a mi papá discutir con el piloto mientras a mamá trataban de levantarla y solo se escuchaban sus gritos de dolor. Yo, tendida en el suelo bocabajo, empezaron a examinarme para asegurar si podían subirme a una camilla, pues no sabían qué tipo de golpe había recibido. Recuerdo tener mucho sueño, pero no me dejaban dormir ―una tortura―; finalmente me vencí.

Una hora después desperté, estaba dentro del avión en una fila sola, con algo en mi cabeza y sin poder mover, al frente estaba mamá con suero y vendas en sus rodillas y en sus codos. Cuando por fin aterrizamos ―sentí que volé hacia Japón―, nos esperaba otra comisión aeronáutica de ambulancias y directivos, solo veía a mi madre en una camilla dando declaraciones y en el otro lado mi padre con unos agentes; nos llevaron a la clínica para una revisión y el alta.

En la sala de emergencia mamá relataba que estábamos a punto de dirigirnos al avión cuando, en cuestión de segundos, un avión de otra aerolínea que se disponía a despegar, que se encontraba en la línea de arranque y un tanto cerca del avión que debíamos abordar, al acelerar y por la fuerza de las turbinas, nos levantó más allá de la alta palmera a la que estábamos aferradas aterrizando en el pavimento; mi madre ―gracias por preguntar ―, quedó con graves secuelas de esos golpes, pues ella aterrizó en “4”, y no en plancha como lo hice yo.

Moraleja: “del afán solo queda el cansancio (y las tragedias)”, de este incidente quedaron una protuberancia en mi labio inferior y el recuerdo de mi segundo. Actualmente estoy muy agradecida de todos los protocolos que existen en los aeropuertos, son engorrosos pero te aseguran no aterrizar en el pavimento.

Mi génesis de aventura

1982; mis padres me contaron que para esa fecha aún estaban de luna de miel —dos meses después de la boda—, para sus vacaciones de Semana Santa decidieron ir a la paradisíaca isla de San Andrés, Providencia y Santa Catalina; aún eran jóvenes viajando en un lugar lleno de amor y paz, sentimientos crudos y exóticas playas de arena blanca y agua turquesa, que los invitó a jugar a «la abeja y la flor». En ese momento, los astros se habían alineado y el amor entre ambos desató el Big Bang de mi creación; nueve meses después, nací yo.

Podría decir que este fue el origen de mi espíritu viajero pues mi procreación se llevó a cabo en uno de sus viajes, desde entonces, mis regalos favoritos, mis planes favoritos y todo lo que me gusta, implica un viaje. Sumado al viaje de la semana de pascua, mientras mi madre me cargaba en su barriguita, “cometió el error”, de seguir viajando, de allí que en  mi ADN se encuentre el gen aventurero.

A partir de los 4 años, empezaron a llevarme un poco más lejos de los predios de la ciudad donde vivía. Fue solo hasta mis 7 años, con tres dientes menos y mucha más imaginación que la que tengo hoy, que tuve mi primera experiencia aérea, aún sonrío al recordar esa sensación de vacío en el estómago y presión en el oído. Lo que ustedes no saben es que ese momento feliz terminó en un incidente, ni eso evitó que quiera subirme a un avión.

A partir de entonces, ocurrieron una serie de desafortunados hechos viajeros que convirtieron mis viajes en historias de terror, suspenso, comedia y tragedia, anécdotas que compartiré con ustedes a través de este blog, por eso te invito a que sigas atento a mis publicaciones y no te pierdas ninguna de mis peripecias, en especial si quieres conocer qué incidente tuve con mi primera experiencia de vuelo…

Soy…

No hay historia más vibrante y triste a la vez, que aquella de Amelia Earhart, pues su espíritu rebelde, su pasión por explorar el mundo, sus ganas de probar nuevos platos, de hablar nuevas lenguas, de compartir culturas y demás, fueron razón suficiente para que creciera mi admiración por ella, aún más por su interesante y lamentable «desaparición»; para algunos una gran tragedia, para otros, enigma.

Fui creciendo — proceso tedioso para mis padres — y así también mi curiosidad, llegando a comparar mi vida con la de exploradoras como Jean Batten, Harriet Chalmers Adams, Beatrix Bulstrode e incluso la mismísima escritora Agatha Christie, quien exploró la antigua Mesopotamia; ¿conclusión?: encontré que estos personajes históricos tenían algo en común: la Aventura, ese «sustantivo» que proviene del latín adventura y que significa las cosas que han de venir, lo que de inmediato produjo un juego de palabras y acertijos en mi mente, pues, como algo venidero, puede ser positivo o negativo, como los viajes — tengan esto en mente para el penúltimo párrafo.

Y todo lo anterior, ¿a qué se debe? Déjame explicarte: años atrás escribía para una bitácora de trotamundos, fue mi borrador para lo que actualmente estoy haciendo, allí contaba muy a mi manera las cosas que vivía en los viajes que realizaba, ya fuera sola o acompañada, donde siempre terminaba pasando algo salido de lo común. Dos años y tantos días, horas y minutos después, así como cuando te levantas de la cama con el existencialismo al límite, decidí renunciar a mi «seguridad» y arriesgarlo todo, y cuando digo todo, ¡es todo!

Con los ahorros que tenía, me fijé metas y plasmé un calendario donde incluía cada paso y tarea que debía realizar para llegar hasta donde estoy justo ahora —en el viejo escritorio de la casa de mi padre— pues, así como cada cosa, incluso las inorgánicas como las rocas, tienen su tiempo y se van formando hasta alcanzar su máximo, así la vida misma, y después de buscar por cielo y tierra un editor que se apiadara de mi alma de escritora, lo encontré y publicó mi primera novela, la que cuenta en primera persona y tal cual como soy yo, todas las peripecias vividas en las adventuras de mi viaje a la costa noreste de los Estados Unidos de América.

Ahora, como soy «el mundo al revés», empecé este blog, mucho más tranquila mentalmente —cuestiones personales— y más organizada literariamente. Quiero dejar todo lo que mi mente piensa cada día durante 24 horas, que sea legado para aquellos que quieran reír de vez en cuando. Aquí reuniré de manera narrativa, mis verdaderos sueños, anhelos, traumas, emociones y demás, eso que el paso de los años y los más de 60.000 km que he recorrido me han dejado, algunas veces contado a través de mi alter ego Jadranka Ventura, personaje principal de mis obras, quien ejerce la profesión que siempre quise y que hace todo aquello que por diferencias mentales no he podido lograr o cumplir.

Así nace esta faceta de escritora … Amelia Ventura, pseudónimo que te invita a amar la aventura, que te adentres en un mundo donde no sabemos si nos irá bien o mal, pero que exploraremos y conoceremos, al final, serán momentos felices y riqueza.

En este blog te hablaré de viajes y todo lo que eso implica (música, historia, cultura, películas, libros, y mucho más), pero no te equivoques, no es una guía de turismo —aunque una vez pensé serlo —, ni pretendo darte consejos de qué hacer o a dónde ir, esa decisión te la dejo sólo a ti, yo tan solo te relataré lo que viví en ciertos lugares, mis experiencias y anécdotas.

¿Empezamos?