El estado de la Constitución

“Dentro de veinte años estarás más decepcionado de las cosas que no hiciste que de las que hiciste. Así que desata amarras y navega alejándote de los puertos conocidos. Aprovecha los vientos alisios en tus velas. Explora. Sueña. Descubre”

– Mark Twain.

Distancia: 322km; ruta: Costa noreste; tiempo estimado de recorrido: 5 horas con 55 minutos— gracias a aquella herramienta web de la gran compañía de internet, pude sacar bien los datos de lo que se venía.

—Disculpe, ¿podría venderme un boleto de ida para New Britain, Connecticut?

—Son 25 dólares, por favor.

—Muy bien— saqué del bolso de mano la cartera donde tenía los billetes ordenados por denominación de mayor a menor—, aquí tiene—. Le pasé uno de 50, así tendría más cambio por si se me antojaba algún pasabocas.

— Su cambio y su boleto para hoy, 7 de agosto a las 12 del día, llegando a su destino a las 19:30. Recuerde que el autobús ingresará a la ciudad de Nueva York solo para el descenso y ascenso de pasajeros, no descienda pues no se dispone de mucho tiempo—se levantó de la silla para darme más indicaciones, como para señalarme algo—por favor, diríjase a la sala de espera y cuando sea el momento la llamarán de la puerta de salida correspondiente, presente su boleto y su ID—dijo algo más en inglés que no entendí y luego lanzó un efusivo «¡feliz viaje!»

—Muchas gracias—. Tomé todo lo que me había dejado encima del mostrador y lo guardé en el bolsillo delantero de mi pantalón.

Quedé pensativa tratando de adivinar lo que me había dicho, pero decidí dirigirme a las bancas de tubo metálico y apariencia de destruir espaldas para sentarme a esperar el llamado; de pronto, aparecieron unas terribles ganas de ir al baño, pero temía que me llamaran y no escuchara la información suministrada, todo gracias a los parlantes de la estación, que estaban más roncos que tractor viejo, así que, era casi que imposible entender lo que decían.

Después de unos minutos discutiendo con mi mente, decidí levantarme, pero en busca de las pantallas de salida para ver el itinerario. Desde mi posición, señalé con el dedo en forma descendente, buscando el horario que correspondía a mi viaje y encontré uno muy parecido, pero no anunciaba mi destino, «¿será que me equivoqué?», la duda me llevó nuevamente al mostrador donde se encontraba la vendedora; para mi fortuna estaba sola, así que, con tímida voz, le hablé:

—Disculpe, una pregunta: estoy mirando la pantalla de salida pero por ninguna parte dice New Britain, aunque en el mismo horario aparece uno a otra ciudad que no conozco, ¿hay algún error?

—Señorita —tomó aire profundamente—, como le expliqué hace algunos minutos, en la pantalla aparece Hartford pero su parada es en New Britain. Recuerde que el autobús ingresará a New York y a New Haven, después de esa última, sigue la suya.

—¡Ah, muchas gracias! —«trágame tierra»—, lo siento, no le escuché cuando dijo lo de Hartford.

—Tranquila, ya casi llega tu autobús, así que atenta al llamado, allí le anunciarán su andén de salida.

—¿Sabe si me da tiempo de ir al baño? —ya no aguantaba más.

¡Por supuesto! —una vez otorgado el “permiso”, salí corriendo como en media maratón.

Tiempo después, un corpulento y cuarentón hombre afroamericano, con una potente voz, que no utilizó el micrófono anclado a la pared para notificar la llegada del bus con destino a la ciudad de Hartford; nos llamó a formar fila en una de las puertas de la estación.

  • ¡Hartford, 12 del día! Andén 3, hagan la fila aquí por favor — nos señaló con su grande brazo.

Como hormigas arrieras, uno a uno fuimos pasando por el control de boletos, luego le entregué la mochila al maletero quien ordenadamente preguntaba el destino y como en juego de tetris, acomodaba perfectamente las maletas, colocándoles un número de identificación y entregando la copia a cada uno de los pasajeros. Subí los tres escalones y busqué mi lugar, como siempre, ventana, pues esa sensación de desconexión a través del paisaje desdibujado que me brinda la panorámica, es uno de mis mayores placeres viajeros. Estaba justo en la mitad; acomodé la mochila de mano en el compartimiento de arriba, pero antes saqué los elementos esenciales para el camino: cámara, celular, audífonos y un tentempié. Me senté dejando reposar mi cabeza sobre el cristal, me estaba colocando los audífonos, cuando…  

—¡Hola! — una voz adulta pero dulce, hizo girar mi cabeza para ver quién me saludaba tan efusivamente; se trataba de una señora muy “inglesa”, vestida con tanta pulcritud que alumbraba como un ángel. Se sentó junto a mí, acomodando su canasto de tejidos, pues se veían estambres y pinzas de crochet, debajo del reposapiés.

—Buenas tardes— le respondí, con una amable sonrisa, ella me devolvió una igual o hasta mejor. Le pedí disculpas señalándole mis auriculares y con una seña de “tranquila”, me giré hacia la ventana para dejarme llevar de los ritmos elegidos al azar.

Con todos los pasajeros a bordo, arrancó el bus.

«Aquí vamos».

(Extracto de la saga EE.UU., ¡De película!, Parte II)

4 respuestas a «El estado de la Constitución»

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