Mazatlán: un viaje irrepetible

21 de febrero del 2014, 8 de la noche; el avión procedente de la ciudad de México arribó a Mazatlán, famoso centro turístico del estado de Sinaloa y hogar del cantante ranchero Pedro Infante. Estaba emocionada de pisar tierras sinaloenses, aunque horas antes y por un accidente, sin darme cuenta, me había lastimado seriamente el pie, pero las ganas de viajar y conocer un lugar más, hicieron que mi mente mitigara el dolor y prosiguiera… más adelante vendrían las consecuencias. 

A las 9 pasaditas estaba en la bahía, junto a mi pareja, disfrutando de un precioso atardecer, de esos que se saben pintar en el cielo invernal para el lado Pacífico. Luego de llegar al hotel e instalarnos, decidimos descansar, pues el pie ya no aguantaba una caminata más, por lo tanto fue el momento propicio para que Morfeo  — y mi pareja — me abrazara profundamente, llevándose mi tortura y cualquier otra mala sensación.

Crecí en un una región de Colombia donde muy cerca de allí, los combates ejército-guerrilla estaban a la orden del día, por lo tanto, era normal que, a cualquier hora del día, los helicópteros pasaran por encima de casa como si fueran a levantar el techo y arrasarlo todo. Recuerdo tanto ese sonido y más, porque mamá lo acompañaba con un «¡No!, la guerrilla volvió a atacar…», por lo tanto, escucharlo en cualquier otro momento o lugar me llevaba a repetir la misma expresión. Y así lo hice esa madrugada de sábado que, no solo quedaría grabada en mi memoria, sino también en todos los noticieros del mundo.

Casi siete de la mañana, 22 de febrero. Un estruendo retumbó en mis oídos, de inmediato, sentí que estaba en mi tierra; entredormida giré muy asustada y le dije a mi pareja  «¡Amor despierta!, ¡creo que la guerrilla está atacando!…», él, aletargado respondió con una expresión que detestamos las mujeres: «ajá»… ¡lo veía chiquitito!, quería tirarlo de la cama y hacerlo entrar en razón. Nuevamente el estruendo, esta vez más despierta pude comprender que se trataba del conocido «golpe de alas» que emiten los helicópteros; sobrevolaba tan bajo que podías oler el queroseno y sentir la fuerte vibración en todo tu cuerpo. Me incorporé de inmediato, sabía que no era un sueño, entonces lo desperté de un solo grito para que esta vez sí me tomara en serio. 

No sé qué pasó por mi mente, pero empecé a decirle que la guerrilla estaba atacando, él por supuesto no comprendía cuál guerrilla o de qué hablaba yo, así que decidió abrir las ventanas —fatal error en una cadena de errores— para demostrarme, primero, que no estaba en Colombia y, segundo, que no pasaba nada.

Su expresión fue indescriptible cuando vio cómo se acercaba un bestial aparato de esos, ¡casi se le salen los ojos!, me reí con tantas ganas, aunque creo fue una carcajada nerviosa; «¿qué está pasando?» pensé, intentamos volver a dormir pero fue imposible, el sobrevuelo constante de los Black Hawk no dejaba conciliar nada, los pensamientos se tornaron turbios y complejos, él tan solo me consolaba recordándome que estábamos en México, así que no era nada de lo que imaginaba —era peor—, que, de pronto era un entrenamiento militar o algo por el estilo.

Decidimos alistarnos para empezar el recorrido de ese día, pensábamos ir al malecón de la ciudad, ir a la punta más al sur hasta llegar a la zona hotelera. Cruzamos la calle, la escena parecía de apocalipsis zombi o algo por el estilo, literalmente éramos los únicos humanos en un promedio de 6 calles, «¡te dije que algo pasaba!», él me miró por primera vez sin tener una respuesta, para rematar y ponerle más misterio al asunto, tanto su teléfono como el mío se habían quedado muertos, no sabíamos qué estaba pasando; dos calles más arriba, sobre una de las avenidas principales, los tanques de guerra eran lo único que sobresalía en todo el sector, los retorcijones en el estómago aparecieron, el corazón literal lo tenía en la garganta y el pie me empezó a doler agudamente. 

Un ciudadano pasó trotando como si nada, lo detuvimos, él seguía trotando en el sitio mientras nos decía «agarraron al Chapo»… empalidecí, el chico siguió su camino y nosotros nos quedamos congelados, nos miramos fijamente, soy colombiana, y justo estaba a la hora y lugar no adecuados, pues habían capturado a uno de los más buscados capos del mundo, mi ex era «tan él» que solo me dijo «ven, busquemos dónde desayunar y pensamos qué hacer»; si las miradas mataran, creo ese día había cometido mi enésimo asesinato.

Un solo restaurante estaba abierto en más de un kilómetro a la redonda, el despachante era de la zona y tenía las noticias del radio a todo volumen «eso debe ser otra broma…» decía con tanta gracia que, yo ya no sabía si estaba en la pega mejor planeada del planeta o de verdad lo habían agarrado; «¿qué les sirvo?», nos preguntó con una expresión de felicidad, mi ex pidió comida como si no hubiese un mañana —lo comprendí — y yo, mi habitual café con pan, no tenía ganas de nada. 

Escuchamos atentos cada detalle de la captura, de pronto mencionaron algo de cartel colombiano, quería que la tierra se abriera y me tragara. Mi pareja le pidió el favor al señor si podíamos cargar nuestros celulares y él accedió, luego de verificar que ya estaba con suficiente batería, hizo una llamada indispensable a un conocido que vivía en la ciudad y nos confirmó que efectivamente era cierto y que además, «debíamos esperar ese día en el hotel o alejarnos de la zona de captura», lo que era casi imposible pues estábamos a un kilómetro del punto. Mi ex le dijo en clave mi nacionalidad, la respuesta fue peor: «dile que ni hable…», me tragué la lengua —metafóricamente—; en ese viaje teníamos contemplado ir a El Rosario y El Fuerte, dos preciosos pueblos mexicanos, pero su amigo nos dijo que ni de chiste saliéramos de Mazatlán, pues era «segura» comparado con los alrededores, donde tenían planeado empezar una guerra en represalia por la captura de su máximo líder. Me sentí en una encrucijada. 

Debíamos estar tan lejos pero tan cerca donde no peligráramos, mi pareja conversó con el dueño del restaurante sobre un lugar tranquilo al cual pudiéramos ir, él le recomendó la isla Venado que estaba justo al frente de la ciudad pero lejos del caos. Salimos a buscar el muelle de lanchas y, al pasar por el boulevard, empezaron a salir las personas, no sé de dónde pero parecía un río; los helicópteros seguían sobrevolando, ese día había una maratón así que armaron todo para que se llevara a cabo, como si nada hubiese pasado. En el muelle negociamos con un lanchero quien nos cruzó y fue el encargado de regresarnos cuando todo hubiese calmado; la isla era un pedazo de paraíso en medio del infernal momento vivido, mi alma regresó aunque mi pie, tal vez por el estrés, agudizó el dolor, sin embargo, al momento de sumergirme en el mar, todas mis penas desaparecieron por ese día.

Al regresar al hotel y luego de quitarnos toda la sal tanto del mar como del susto, decidimos ir a cenar hacia el lado opuesto de los hechos, pues yo no quería ni estar medio cerca por si las moscas… al llegar quedamos boquiabiertos, todo estaba tan normal que no lo podíamos creer: las calles atestadas de gente, música por doquier, discotecas, bares y restaurantes abiertos de par en par, sin embargo, él y yo decidimos seguir un perfil bajo y cuidarnos, no sabíamos en qué momento se presentaría un ataque, así que, cenamos con la mayor precaución del caso, siempre atentos y una vez terminamos, regresamos a descansar. Pude relajarme una vez estuve en el refugio que consideraba mi lugar seguro: la habitación del hotel.

Por supuesto, las llamadas y mensajes por parte de nuestros familiares que sabían que estábamos allá, no pararon de llegar, en especial mi familia desde Colombia. Por suerte, después de 3 días en el Pacífico mexicano, nuestro viaje llegó a un cuasi feliz término, lo digo porque de regreso, ya en el aeropuerto, el dolor era tan insoportable que me atendió el médico del terminal aéreo, deduciendo que, por el estado de hinchazón y color en el que se encontraba mi extremidad, se trataba de una fractura o fisura, así que, lo inmovilizaron y me obligaron a ir a la sala de espera en una silla de ruedas, lo que fue ventaja pues fui la primera en subir al avión. Llegando a casa y después de una radiografía, se confirmó que tenía una fisura del quinto metatarsiano y lo que siguió después fue una incómoda férula por 15 días.

Aunque el primer día de mi aventura sinaloense estuvo acompañado de mucha adrenalina y momentos de nervios, déjenme decirles que, disfruté mucho de su casco antiguo, las playas, un buen plato de marlín, una helada cerveza Pacífico, de recorrer el malecón con mi «pata mala» y sacarme la tradicional foto en el monumento a Pedro Infante. 

Como se lo cuento a mis amigos y familiares, por siempre, el viaje a Mazatlán, será un viaje irrepetible.

4 respuestas a «Mazatlán: un viaje irrepetible»

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