Mi primer anécdota de viaje

Cartagena de Indias, verano del 90′, este histórico y emblemático patrimonio de la UNESCO colombiano, fue el destino de unas vacaciones familiares en la que estaba acompañada de mis padres y mi hermana. De esta excursión quedaron marcadas dos fuertes experiencias en mi vida.

Empecemos…

Una soleada mañana en la Heroica, nos encontrábamos recorriendo uno de los íconos de la ciudad: San Felipe de Barajas, fortificación construida en el siglo XVII para defender la localidad de las invasiones de otros colonizadores europeos; además de las grandes paredes de piedra caliza perfectamente encajadas, mi memoria recuerda que ese día caminaba de la mano de mi padre, en un momento ingresamos a un oscuro pasillo que cada tanto mostraba claros de luz. El guía relataba la historia del lugar, yo, al ser una infanta de 7 años, solo tenía curiosidad ―tradúzcase “ganas de travesuras” ― por ver más allá.

Para aquellos que aún no visitan la ciudad o no conocen el castillo, les cuento que su construcción está hecha para que los invasores no pudieran ingresar, pero, en caso de hacerlo, tenían formas ―para nada diplomáticas― de sacarlos de allí; el pasillo se achicaba un poco más con cada avance que hacíamos, de tal forma que los adultos debían agacharse. En un santiamén esbocé el grito más seco que pude emitir, pues me resbalé por una de las trampas laterales del edificio. Tan rápida fue la reacción de mi padre que solo milésimas de segundos pasaron para que cayera totalmente hacia lo que una vez tenía las aguas del mar Caribe. Cuando me sacaron de la escotilla, el llanto fue incontrolable, el regaño de mis padres por su preocupación no se hizo esperar y la cara de asombro del guía es imborrable de mi mente. Afortunadamente solo fueron leves rasguños y el recuerdo eterno.

Y aquí viene la de alquilar balcón, preparar las palomitas con buen refresco y sentarse cómodamente:

Ahora viene la de «alquilar balcón»: último día de las vacaciones más hermosas en familia que he vivido; cansados de tanta historia, playa, brisa y mar, nos fuimos para el aeropuerto internacional Rafael Núñez a esperar nuestro vuelo de regreso. Antes de relatar los hechos trágicos, quiero dejar constancia que, aunque amo mucho a mi familia, siempre andamos corriendo porque se nos hace tarde.

Con ese proemio, van a entender lo que sigue: ese fatídico día corrimos para alcanzar el vuelo; en el mostrador de la aerolínea, la encargada nos informó que lamentablemente ya habían cerrado, mis padres rogaron tanto que la conmovida operaria tomó el radio para comunicarse con el capitán; finalmente accedió a dejarnos entrar ―fatal error―. Guiados por personal de la aerolínea, nos llevaron hasta cierto punto para poder hacer el ascenso en pista al avión, nosotros debíamos correr hasta las escaleras que habían dispuesto, ¡Préndanse de la silla!

En la puerta del avión nos esperaban dos azafatas y el capitán; a los gritos, por el estruendo de los motores encendidos, una de las auxiliares de vuelo le indicaba a mi papá: «Señor, cuando le avisemos, corran lo más pronto posible, agachen la cabeza y agarre fuerte a su familia»; la señal fue dada y arrancó mi papá con mi hermana. De repente, y en retrospectiva, recuerdo el rostro de terror de mi hermana, pues se había soltado de papá y salió por otro lado de la pista, muy cerca de los gigantes motores, ella tan solo gritó «¡Papá, ayúdame!¡me voy a las turbinas!». Con la poca fuerza que tenía en ese entonces, logró mantenerse en pie mientras nuestro heroico padre fue a rescatarla, correr con ella hasta la escalera para ascender al avión y esperarnos a mamá y a mí para ingresar.

«¡Ahora siguen ustedes!», dijo el piloto; mamá y yo estábamos cerca de una palmera esperando nuestra oportunidad. Ahora que lo pienso, no estábamos tan lejos del avión, pero tal vez en ese entonces vi el camino infinito. Ella me agarró fuerte la mano y cuando me disponía a desprenderme del único refugio que nos protegía, pasó lo inevitable: se escuchó el sonido de unos huesos chocando fuertemente contra el concreto y mi mente quedó en blanco.

Horas después recordé haberme elevado al cielo ―literalmente volé, solo que no me dijeron cómo aterrizar ― y como dice el refrán “subí como palmera y bajé como coco” ―les doy permiso a reír, ahora lo hago, incluso escribiendo esto lo hice, pero ese día, solo escuché muchas voces gritando desesperadas.

El avión finalmente apagó turbinas, mi papá, el piloto y las auxiliares de vuelo bajaron como pudieron las escalerillas y corrieron hacia nosotras; llegaron los bomberos y la ambulancia del aeropuerto, a lo lejos escuchaba a mi papá discutir con el piloto mientras a mamá trataban de levantarla y solo se escuchaban sus gritos de dolor. Yo, tendida en el suelo bocabajo, empezaron a examinarme para asegurar si podían subirme a una camilla, pues no sabían qué tipo de golpe había recibido. Recuerdo tener mucho sueño, pero no me dejaban dormir ―una tortura―; finalmente me vencí.

Una hora después desperté, estaba dentro del avión en una fila sola, con algo en mi cabeza y sin poder mover, al frente estaba mamá con suero y vendas en sus rodillas y en sus codos. Cuando por fin aterrizamos ―sentí que volé hacia Japón―, nos esperaba otra comisión aeronáutica de ambulancias y directivos, solo veía a mi madre en una camilla dando declaraciones y en el otro lado mi padre con unos agentes; nos llevaron a la clínica para una revisión y el alta.

En la sala de emergencia mamá relataba que estábamos a punto de dirigirnos al avión cuando, en cuestión de segundos, un avión de otra aerolínea que se disponía a despegar, que se encontraba en la línea de arranque y un tanto cerca del avión que debíamos abordar, al acelerar y por la fuerza de las turbinas, nos levantó más allá de la alta palmera a la que estábamos aferradas aterrizando en el pavimento; mi madre ―gracias por preguntar ―, quedó con graves secuelas de esos golpes, pues ella aterrizó en “4”, y no en plancha como lo hice yo.

Moraleja: “del afán solo queda el cansancio (y las tragedias)”, de este incidente quedaron una protuberancia en mi labio inferior y el recuerdo de mi segundo. Actualmente estoy muy agradecida de todos los protocolos que existen en los aeropuertos, son engorrosos pero te aseguran no aterrizar en el pavimento.

3 respuestas a «Mi primer anécdota de viaje»

  1. Primero que nada, me encanta tu blog ! Leer tus vivencias, anécdotas, consejos, tips , cultura general y sobretodo conocerte y a tu familia es muy ameno para mi ! Aunque aveces pasen cosas trágicas como ahora lo del blog en el aereopuerto fue impactante lo que narras y me llene de mucho asombro todo lo qué pasó y vivieron hasta el día de hoy ! Sigue escribiendo más 😀 Posdata : si me reí cuando la caída como los cocos de la palmera caen !

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